6.7.09
Monachos, sábado
1.7.09
México DF
Tu olor, devolverlo a mis manos. Tu sabor a mi lengua. Bebernos otra copa, sin tener un céntimo. Jugarnos al todo por el todo en el vagón del tren, mientras las señoras de los ojos maquillados nos ven con toda su rabia y sus maridos cansados duermen en los asientos verdes de plástico. Nada de eso ahora. Sólo me queda un largo silencio entre doce estaciones del metro, mientras soy el solitario testigo de cómo mi reflejo surge en la ventana mientras un enjambre de luces blancas lo violan a la mitad de cada segundo. Así que me pierdo entre la multitud, donde soy tan desconocido como en cualquier sitio. Vuelvo al hotel. Tomo un trozo de papel en la habitación y te escribo esto.
Claudia, estoy en México. ¿Te acuerdas? Las caminatas por las largas avenidas, los extensos nombres que nunca pudimos memorizar. Las noches, Claudia, tienes que acordarte. Éramos tan felices entonces, ¿verdad?. Aunque reconozco que ese fue siempre mi problema y lo sigue siendo, Princesa. No sabría decirte si fui feliz contigo o si alguna vez lo he sido, con alguien o con nadie. Ahora lo aseguro: No sé qué significa ser feliz. Así que sí lo fui contigo, no sabría decírtelo. Sólo sé que me haces falta. A veces, a lo mejor tu falda. De eso estoy convencido porque de la tristeza si puedo contarte y mucho. Pero no será esta vez cuando te hable del dolor, no es ese tipo de carta. Esta carta es para saludarte, joderte un poco la calma y desearte que seas feliz aunque yo no sepa serlo.
Tomo el trozo de papel donde te escribí y lo introduzco en un sobre que a su vez guardo en mi saco. Salgo a la calle, tomo cualquier esquina y bajo en la primera estación que encuentro. Me dispongo justo allí donde nadie sabría reconocerme sino tú entre las sombras, y antes que pase el próximo tren, me detengo justo a la orilla del vacío para contemplar cómo una carta que no llegará nunca a tus manos se pierde entre los durmientes de la línea, escondidos de a poco por los vagones naranja.
No miro hacia atrás cuando subo las gradas. No te busco más entre la gente. Encuentro la noche abierta, fuera de la estación y enciendo el primer cigarro nocturno. Esta noche será de las largas, yo seré un borracho callado, al lado de una ventana, intentando comprender qué hay de malo conmigo.
22.6.09
Autoestima
El teléfono timbra. Escogí como ringtone, una canción de
Suena otra vez y contesto.
— Hola Julio.
— Hola linda, ¿cómo vas?
— Bien, muy bien. Quería contarte que conseguí un trabajo genial. Además, Bryan resultó ser un gran tipo. Me quiere y me manda flores. Me trata bien, no como tú pendejo.
— ¿Me llamaste para decirme pendejo?
— Te llamé porque le prometí a Bryan decirte que eras una mierda. Porque él me hizo ver las cosas claras: te dejé porque eres un perdedor. A ver, ¿cuánto ganas al mes?
— Pregúntaselo a los de la tarjeta de crédito, ellos sabrán decírtelo mejor que yo.
— Eres un muerto de hambre, por eso te dejé, imbécil. Una mierda, eso eres.
— Gracias, pero eso ya lo sabía. Yo sé que soy un perdedor. Uno irremediable.
— Para ya el sarcasmo.
— Cállate de una puta vez y déjame terminar: sólo alguien acostumbrado a la mierda puede amarte y entender el espectáculo que eres, guapa. Alguien que adore el desastre como yo. Te aseguro que no vas a encontrar alguien que te quiera tanto, porque no creo que nadie soporte tanta mierda. Y dolor, claro. Así que si no tienes nada más que decir, tengo que ir a rascarme los huevos a la cama y escribir esto.
— Imbécil, si escribes esto te demando.
— Estudié derecho, cariño. El viaje a tribunales será todo un paseo. Saludos a Bryan.
Colgó.
Mejor apago el teléfono.
Ahora, puedo empezar a escribir.
18.6.09
Lunes 22 Sophos 6:30
Hola:
Mi vida ha sido un torbellino estos dos años (y también los pre blog, claro), sin embargo, escribir mis textos y leer los suyos, nunca ha dejado de ser un placer. Creo que el secreto de mi amor hacia el blog, es su enorme humanidad. No se me olvida que detrás de cada post, hay alguien como yo, viviendo sus aspiraciones y eso es genial. Te devuelve la esperanza en la humanidad.
Para celebrar y como sé que algunos de ustedes viven en Guatemala, quiero invitarles a Sophos, plaza Fontabella, situada en la cuarta avenida y doce calle de la zona diez el lunes veintidós a las seis y media de la tarde, pues, por invitación del maestro Julio Serrano (el mismo del translibro) estaré leyendo uno de mis textos y hablando sobre un misterioso tema: la otredad.
Una muy buena excusa para vernos, ustedes y yo. Conocernos. Y claro, disfrutar de esa maravilla del primer encuentro: ponerle voz y rostro al usuario blogger que conoces.
Eso era. Los que puedan y quieran llegar, se les espera. Y los que no, también se les quiere, que yo también soy apático a veces.
Un abrazo gigante y gracias por leerme.
15.6.09
Sábado gigante y redondo.
Alzo mi vaso de plástico y veo a la cerveza bailarle dentro. Desaparece la espuma, excepto una breve porción. Tiene la forma de un continente. Podría decir que es África, pero mentiría. Son sólo mis ganas de no estar, proyectadas en las burbujas que se niegan a ahogarse dentro del vaso.
Me largo de allí.
Al salir, afronto otra noche más, conduciendo por todos los sitios. La luna parece ser la madre de todos los postes que lloran luz sobre las aceras. El llanto alcanza a los taxistas, las putas y los travestis con sus culos expuestos, transitando por las avenidas color sephia llegando a naranja. Tengo otra vez esa imponente sensación de que algo va a pasar. Como si se aproximara una catástrofe. Me calmo asegurándome que sólo se trata de ansiedad y el puto miedo de ver mi cama con las sábanas intactas, minúscula, inmensa como el mundo sin gente.
Y cuando llego a casa, si es que puedo llamar a cualquier sitio de esa manera, me enfrento al inevitable recuerdo de nuestros destinos: el cementerio, con sus puertas de hierro bajo dos arcos y la oscuridad como inquebrantable guardiana de los nombres en las lápidas.
Subo a la terraza a ver la ciudad. Quisiera tener la entereza de quedarme allí para ver cómo por la mañana, un sol hirviendo es parido por las montañas. Pero mis ganas de permanecer se agotan.
Hoy la vida se me hace una mentira que se esfuma y me intoxica. Como una hoja de tabaco encendida, como el cigarro que me fumo. Es porque hoy, soy de la tristeza. Y del corazón me nace un agujero oscuro, negro, que se lo traga todo como un remolino inexorable.
Esta noche percibo la finitud de las cosas. También de las personas. Todo se acaba. Todos los nombres se olvidan. He comenzado celebrando una vida y he terminado alabando mi muerte.
Sólo puede llamarse hogar a la tumba.
Los demás sitios son hoteles de paso, de los que tarde o temprano terminaré yéndome. Quizá debería aceptar que mientras el cuerpo me dure, estaré sólo. Como todos. Como todo.
Como la nada. Justo así se siente.
9.6.09
Humedad
Sólo recuerdo una temporada tan calurosa como ésta. Habrá sido hace unos cinco años. Yo tenía una novia. Más bien ella me tuvo a mí. La veía en su casa. Eramos los amantes perfectos, ella y yo. Todo se basaba en principios simples: no hacíamos preguntas y no dejábamos sitio para el asco ni la pena. Así que recorrí cada sitio suyo sin ningún obstáculo, como ella lo hizo conmigo. Aún más en los días de calor. Sudábamos y cogíamos todo el día, hasta que oscurecía. Entonces salíamos a buscarnos una vida juntos.
Supuse que éramos felices. Hasta que conocí a su otro amante. Pero no pude dejar de hacerle el amor ocasionalmente. Lo hacíamos tan bien, carajo. Un día hizo tanto calor como ahora. Y fui a buscarla. Ella me hizo pasar a su casa sabiendo que íbamos a hacerlo. De nuevo. Así que no necesitamos decir mucho para terminar en la cama. Entre sus sábanas perfumadas con su olor, el mío y el de él. Esa vez, ella se movió como si nunca lo hubiéramos hecho. Estaba entregada ese día. Y cuando la asaltó el orgasmo, se agitó sacudiendo el cuerpo, apretando los párpados, hasta que tomé su cara con mis manos y la hice verme a los ojos, mientras me sentía dentro. Sus ojos claros y perdidos. Luego se recostó sobre mi pecho. Tenía el pulso aceleradísimo. Le costaba respirar. Yo no había terminado todavía. La dejé recuperarse y luego la coloqué debajo, con las piernas abiertas y los pechos debordándosele por los lados. Sus lunares a la vista. Sus pezones erectos y rosados. La besé. Ella me preguntó cómo quería acabar, pero yo sólo atiné a sonreír. Me acerqué a su oído y le susurré: "guapa, te conozco tan bien, sé como hacerte acabar, tú lo sabes. Así que toma este polvo como un regalo que te hago, uno donde sólo tienes que recibir placer y no dármelo." Entonces me levanté y me vestí. Y no quise buscarla otra vez, porque si cogíamos, no la hubiese podido dejar nunca.
Me terminé la cerveza. No pedí otra. Sólo quise llegar a casa y escribir una nota. Un cuento, algo. Convertirla en un personaje literario y no una posibilidad para pasar los días húmedos.
25.5.09
all is full of love
19.5.09
escritos de invierno
Te lo advierto, cuchillo
Mientras iba en el auto
comenzó a llover
como nunca había llovido en este invierno
llevaba puesto en la radio
un disco triste
porque tengo muchos así
y mientras sucedía la música y el aguacero
decidí
que voy a dejar que mi piel se arrugue
llena de manchas en las manos
que los dientes se me caigan
que los esfínteres no me funcionen y
se me olvide qué es una erección
Que al final sea el tiempo lo que me mate
y no vos,
Puta Tristeza
Primera Vuelta
Lo que no te he dicho de la lluvia
es que me recuerda a Panamá
ciudad
cuando emigré hacia allí
sin pensar en volver
tenía diez años
y nos mudábamos
con el padre de mi hermana
desde la ventanilla del avión
pude ver a mis abuelos y mis tías
llorar y decir adiós detrás del cristal del andén
mi abuelo llorando
fue el primer gran golpe que recibió mi alma
nunca nos dijimos que nos queríamos mi abuelo y yo
simplemente lo sabíamos
somos dos tipos duros, tú me entiendes
desde los diez años lo deduje
o quizá desde los siete
que yo sería un niño desalmado
llovía en Panamá
llovió los dos meses que estuve allí
el mar estaba siempre bravo
los cubanos jugaban béisbol en el patio
los viejos al dominó
la piscina vacía del edificio
llenándose de hojas y agua de lluvia
los vendedores de chicha gritando
el olor a salitre en mi habitación
la toalla que cayó seis pisos desde nuestro balcón
el arroz que incendió la cocina
y el día en que se inundó el apartamento
todos fueron presagios del desastre:
mi madre, mi hermana y yo
de vuelta a Guatemala
dos meses después
era el día en que elegían presidente, en mil novecientos noventa
yo lo recuerdo
en casa olía a pan recién hecho
y mi abuelo estaba contento
10.5.09
Traición
Minutos después estoy en la caja registradora pagando una lata de atún, dos bolsas de hielo y una botella de Jack con mi tarjeta de crédito favorita. Mientras que el dragón, yace muerto en la sección de ropa interior femenina, cerca de los sostenes de encaje y al lado de las tangas. Queda una intensa batalla. Era un anfibio decente. Mucho más que el del domingo anterior.




