6.7.09

Monachos, sábado

Era el segundo bar de la noche. La segunda cerveza con Arana. El primer trago se lo dedicamos a la muerte. Luego simplemente bebimos. Un tipo acompañaba con la batería las canciones que sonaban en el bar. Hacía el ridículo, como lo haría yo si lo intentara. Habría un concierto esa noche. Apareció un conocido de Arana, hablándonos de cine, ropa y lavado de dinero. Los chinos y japoneses eran su adoración. Él llegó por la banda, nos explicó que se llamaba la Fonola Full Color. Eran sus amigos, todos músicos formados por el Conservatorio Nacional. Eché un vistazo y entre los instrumentos había un contrabajo y un violoncelo. Prometía. Salieron a escena a la tercera cerveza. Tocaron en el diminuto escenario. Las primeras dos canciones fueron más de los nervios que de ellos. Pero luego se fueron aligerando y tocaron mejor. Resultaron armónicos. El bajista era un virtuoso, tocó el bajo eléctrico, el contrabajo y el corno francés. El guitarrista también lo era, también cantaba. El cantante, fuera de sus nervios que lo hicieron romper tres cuerdas seguidas, teniendo que ir a buscar el repuesto afuera, lo hizo bien. El baterísta iba lento a veces, pareció ser el menos recorrido de los tres, pero nada que la insistencia de la práctica no arregle. Eso se evidenció en la sesión improvisada que organizaron guitarrista, bajista y batería cuando el cantante salió durante minutos a buscar una cuerda al auto. La música tenía referencias de Nick Drake, Ben Harper y Kings of Leon. La letra es su punto flaco. Nada que no se arregle con sufrir, como dijo Arana. Terminaron de tocar. La cerveza también se agotó, cerraron el bar. Todo estuvo bien, menos los amigos del bajista sentados en una mesa, haciendo un alboroto,incluso mofándose de él. Voy a disculparlos por su inexperiencia. Debe ser la primera vez que ven a uno de ellos destacar. Yo sólo puedo aplaudir el entusiasmo de seguir creando. Y beber a la salud de la muerte, es decir, a la intensidad de la vida que es un adiós permanente

1.7.09

México DF

Fue ahora, cuando volví a esta ciudad donde conocí tu falda blanca, cuando lo supe. Sí, fue ahora cuando encontré todas las calles con los nombres cayéndoseles a pedazos y todas las avenidas volviéndose una sola; una que me dirige contra toda voluntad hacia aquella tarde de martes, muy cerca de las dos con veinte, con el sol puesto tras las cortinas de la habitación alfombrada y tu pelo largo, llenando hasta desbordar la almohada. Supe entonces, que este viaje había sido para resucitarte, para convertir tu imagen en dedos, uñas y labios; pliegues, pezones y vellos. En tus ojos, Claudia.
Tu olor, devolverlo a mis manos. Tu sabor a mi lengua. Bebernos otra copa, sin tener un céntimo. Jugarnos al todo por el todo en el vagón del tren, mientras las señoras de los ojos maquillados nos ven con toda su rabia y sus maridos cansados duermen en los asientos verdes de plástico. Nada de eso ahora. Sólo me queda un largo silencio entre doce estaciones del metro, mientras soy el solitario testigo de cómo mi reflejo surge en la ventana mientras un enjambre de luces blancas lo violan a la mitad de cada segundo. Así que me pierdo entre la multitud, donde soy tan desconocido como en cualquier sitio. Vuelvo al hotel. Tomo un trozo de papel en la habitación y te escribo esto.
Claudia, estoy en México. ¿Te acuerdas? Las caminatas por las largas avenidas, los extensos nombres que nunca pudimos memorizar. Las noches, Claudia, tienes que acordarte. Éramos tan felices entonces, ¿verdad?. Aunque reconozco que ese fue siempre mi problema y lo sigue siendo, Princesa. No sabría decirte si fui feliz contigo o si alguna vez lo he sido, con alguien o con nadie. Ahora lo aseguro: No sé qué significa ser feliz. Así que sí lo fui contigo, no sabría decírtelo. Sólo sé que me haces falta. A veces, a lo mejor tu falda. De eso estoy convencido porque de la tristeza si puedo contarte y mucho. Pero no será esta vez cuando te hable del dolor, no es ese tipo de carta. Esta carta es para saludarte, joderte un poco la calma y desearte que seas feliz aunque yo no sepa serlo.
Tomo el trozo de papel donde te escribí y lo introduzco en un sobre que a su vez guardo en mi saco. Salgo a la calle, tomo cualquier esquina y bajo en la primera estación que encuentro. Me dispongo justo allí donde nadie sabría reconocerme sino tú entre las sombras, y antes que pase el próximo tren, me detengo justo a la orilla del vacío para contemplar cómo una carta que no llegará nunca a tus manos se pierde entre los durmientes de la línea, escondidos de a poco por los vagones naranja.
No miro hacia atrás cuando subo las gradas. No te busco más entre la gente. Encuentro la noche abierta, fuera de la estación y enciendo el primer cigarro nocturno. Esta noche será de las largas, yo seré un borracho callado, al lado de una ventana, intentando comprender qué hay de malo conmigo.

22.6.09

Autoestima

El teléfono timbra. Escogí como ringtone, una canción de la Sonora Dinamita. Tengo dos opciones, bailar la canción o contestar. Así que dejo la taza de café enfriarse sobre la mesa y reviso quién me llama. Es ella. Quizá se arrepintió y quiere volver a casa. Los tres meses fuera, le calaron el orgullo. Se enteró que nadie la cuidará como yo.

Suena otra vez y contesto.

— Hola Julio.

— Hola linda, ¿cómo vas?

— Bien, muy bien. Quería contarte que conseguí un trabajo genial. Además, Bryan resultó ser un gran tipo. Me quiere y me manda flores. Me trata bien, no como tú pendejo.

— ¿Me llamaste para decirme pendejo?

— Te llamé porque le prometí a Bryan decirte que eras una mierda. Porque él me hizo ver las cosas claras: te dejé porque eres un perdedor. A ver, ¿cuánto ganas al mes?

— Pregúntaselo a los de la tarjeta de crédito, ellos sabrán decírtelo mejor que yo.

— Eres un muerto de hambre, por eso te dejé, imbécil. Una mierda, eso eres.

— Gracias, pero eso ya lo sabía. Yo sé que soy un perdedor. Uno irremediable.

— Para ya el sarcasmo.

— Cállate de una puta vez y déjame terminar: sólo alguien acostumbrado a la mierda puede amarte y entender el espectáculo que eres, guapa. Alguien que adore el desastre como yo. Te aseguro que no vas a encontrar alguien que te quiera tanto, porque no creo que nadie soporte tanta mierda. Y dolor, claro. Así que si no tienes nada más que decir, tengo que ir a rascarme los huevos a la cama y escribir esto.

— Imbécil, si escribes esto te demando.

— Estudié derecho, cariño. El viaje a tribunales será todo un paseo. Saludos a Bryan.

Colgó.

Mejor apago el teléfono.

Ahora, puedo empezar a escribir.

18.6.09

Lunes 22 Sophos 6:30

Hola:

Es la primera vez en los casi dos años que tiene este blog, en la que el post es una comunicación directa con ustedes. Creo que debí hacerlo antes. Decirles, por ejemplo, que estoy sumamente agradecido con quienes leen mis textos. He tenido la fortuna de conocer a algunos y algunas bloggers y he quedado fascinado. El blog es una herramienta fantástica.
Mi vida ha sido un torbellino estos dos años (y también los pre blog, claro), sin embargo, escribir mis textos y leer los suyos, nunca ha dejado de ser un placer. Creo que el secreto de mi amor hacia el blog, es su enorme humanidad. No se me olvida que detrás de cada post, hay alguien como yo, viviendo sus aspiraciones y eso es genial. Te devuelve la esperanza en la humanidad.
Para celebrar y como sé que algunos de ustedes viven en Guatemala, quiero invitarles a Sophos, plaza Fontabella, situada en la cuarta avenida y doce calle de la zona diez el lunes veintidós a las seis y media de la tarde, pues, por invitación del maestro Julio Serrano (el mismo del translibro) estaré leyendo uno de mis textos y hablando sobre un misterioso tema: la otredad.
Una muy buena excusa para vernos, ustedes y yo. Conocernos. Y claro, disfrutar de esa maravilla del primer encuentro: ponerle voz y rostro al usuario blogger que conoces.
Eso era. Los que puedan y quieran llegar, se les espera. Y los que no, también se les quiere, que yo también soy apático a veces.

Un abrazo gigante y gracias por leerme.

15.6.09

Sábado gigante y redondo.

Brindamos. Resultó ser el cumpleaños del tipo de la barba, sentado frente a mí en la mesa. Eso debe explicar su euforia. Quizá hubiese sido prudente explicar que odio la Gallo; aunque declararlo implique catalogarme un paria. Me sabe amarga; cada sorbo es como beber aluminio con medicamentos para las amebas. Pero ahora, me ha importado un carajo y brindo. Por la vida desconocida de un tipo al que nunca había visto.
Alzo mi vaso de plástico y veo a la cerveza bailarle dentro. Desaparece la espuma, excepto una breve porción. Tiene la forma de un continente. Podría decir que es África, pero mentiría. Son sólo mis ganas de no estar, proyectadas en las burbujas que se niegan a ahogarse dentro del vaso.
Me largo de allí.
Al salir, afronto otra noche más, conduciendo por todos los sitios. La luna parece ser la madre de todos los postes que lloran luz sobre las aceras. El llanto alcanza a los taxistas, las putas y los travestis con sus culos expuestos, transitando por las avenidas color sephia llegando a naranja. Tengo otra vez esa imponente sensación de que algo va a pasar. Como si se aproximara una catástrofe. Me calmo asegurándome que sólo se trata de ansiedad y el puto miedo de ver mi cama con las sábanas intactas, minúscula, inmensa como el mundo sin gente.
Y cuando llego a casa, si es que puedo llamar a cualquier sitio de esa manera, me enfrento al inevitable recuerdo de nuestros destinos: el cementerio, con sus puertas de hierro bajo dos arcos y la oscuridad como inquebrantable guardiana de los nombres en las lápidas.
Subo a la terraza a ver la ciudad. Quisiera tener la entereza de quedarme allí para ver cómo por la mañana, un sol hirviendo es parido por las montañas. Pero mis ganas de permanecer se agotan.
Hoy la vida se me hace una mentira que se esfuma y me intoxica. Como una hoja de tabaco encendida, como el cigarro que me fumo. Es porque hoy, soy de la tristeza. Y del corazón me nace un agujero oscuro, negro, que se lo traga todo como un remolino inexorable.
Esta noche percibo la finitud de las cosas. También de las personas. Todo se acaba. Todos los nombres se olvidan. He comenzado celebrando una vida y he terminado alabando mi muerte.
Sólo puede llamarse hogar a la tumba.
Los demás sitios son hoteles de paso, de los que tarde o temprano terminaré yéndome. Quizá debería aceptar que mientras el cuerpo me dure, estaré sólo. Como todos. Como todo.
Como la nada. Justo así se siente.

9.6.09

Humedad

La segunda gota de sudor que corrió por mi frente se topó con el dique de mis gafas. Me las quité secando el líquido y limpiando las huellas impresas. La humedad ebulliendo desde el piso de concreto chocando contra mi rostro. Los días han estado pegajosos, macilentos por la pereza. Así que decidí pasar por un trago. Y mientras estaba en la barra, inevitablemente quise fumar. Pero no puedes fumar adentro y si sales, es para encender el cigarro con este sol que arde. Ni siquiera las gafas oscuras me salvan esta vez. Así que me limité a sorber la cerveza de la botella verde.
Sólo recuerdo una temporada tan calurosa como ésta. Habrá sido hace unos cinco años. Yo tenía una novia. Más bien ella me tuvo a mí. La veía en su casa. Eramos los amantes perfectos, ella y yo. Todo se basaba en principios simples: no hacíamos preguntas y no dejábamos sitio para el asco ni la pena. Así que recorrí cada sitio suyo sin ningún obstáculo, como ella lo hizo conmigo. Aún más en los días de calor. Sudábamos y cogíamos todo el día, hasta que oscurecía. Entonces salíamos a buscarnos una vida juntos.
Supuse que éramos felices. Hasta que conocí a su otro amante. Pero no pude dejar de hacerle el amor ocasionalmente. Lo hacíamos tan bien, carajo. Un día hizo tanto calor como ahora. Y fui a buscarla. Ella me hizo pasar a su casa sabiendo que íbamos a hacerlo. De nuevo. Así que no necesitamos decir mucho para terminar en la cama. Entre sus sábanas perfumadas con su olor, el mío y el de él. Esa vez, ella se movió como si nunca lo hubiéramos hecho. Estaba entregada ese día. Y cuando la asaltó el orgasmo, se agitó sacudiendo el cuerpo, apretando los párpados, hasta que tomé su cara con mis manos y la hice verme a los ojos, mientras me sentía dentro. Sus ojos claros y perdidos. Luego se recostó sobre mi pecho. Tenía el pulso aceleradísimo. Le costaba respirar. Yo no había terminado todavía. La dejé recuperarse y luego la coloqué debajo, con las piernas abiertas y los pechos debordándosele por los lados. Sus lunares a la vista. Sus pezones erectos y rosados. La besé. Ella me preguntó cómo quería acabar, pero yo sólo atiné a sonreír. Me acerqué a su oído y le susurré: "guapa, te conozco tan bien, sé como hacerte acabar, tú lo sabes. Así que toma este polvo como un regalo que te hago, uno donde sólo tienes que recibir placer y no dármelo." Entonces me levanté y me vestí. Y no quise buscarla otra vez, porque si cogíamos, no la hubiese podido dejar nunca.
Me terminé la cerveza. No pedí otra. Sólo quise llegar a casa y escribir una nota. Un cuento, algo. Convertirla en un personaje literario y no una posibilidad para pasar los días húmedos.

25.5.09

all is full of love

Los trozos de hielo golpeaban el cristal de la ventana. Granizaba. En la calle, dos autos pasaban lento rumbo al cementerio. Dentro, mi hijo dormía profundamente sobre mi cama. Me acosté a su lado. Estaba acomodado como esa primera vez, cuando lo vi en la pantalla del ultrasonido. Me conmovió ver sus diminutos dedos acariciar el vientre de su madre. El médico se incomodó al notar el par de lágrimas que me rodaban. Para mí era importante. Fue la primera vez que supe que yo existía. Que tenía peso, que ocupaba un tiempo y un sitio y que no era una sombra. Heredé parte de mi alma. Me deconstruí en dos piezas. Entendí que también yo heredé de otros. Y de las cosas. De la lluvia que cae con violencia, de las flores rojas que nacen en el cementerio, de los perros sacudiéndose en los charcos. Del árbol que estaba frente a mi ventana. Soy y somos parte de uno y ese uno somos todos. Mi hijo y yo, y la motocicleta que pasó haciendo ruido mientras él nacía. Su madre haciendo su mejor esfuerzo en el parto, para abrazarlo pronto. Sentirse conectado con la vida hasta que te duela la piel y quede corto el cuerpo. Desear que morir sea un estallido, una conversión a las esporas. Para que me respiraran y poder viajarles dentro. Devolverles lo que recibo, multiplicado por cientos.

19.5.09

escritos de invierno




Te lo advierto, cuchillo

Mientras iba en el auto

comenzó a llover

como nunca había llovido en este invierno

llevaba puesto en la radio

un disco triste

porque tengo muchos así

y mientras sucedía la música y el aguacero

decidí

que voy a dejar que mi piel se arrugue

llena de manchas en las manos

que los dientes se me caigan

que los esfínteres no me funcionen y

se me olvide qué es una erección


Que al final sea el tiempo lo que me mate

y no vos,

Puta Tristeza



Primera Vuelta


Lo que no te he dicho de la lluvia

es que me recuerda a Panamá

ciudad

cuando emigré hacia allí

sin pensar en volver

tenía diez años

y nos mudábamos

con el padre de mi hermana


desde la ventanilla del avión

pude ver a mis abuelos y mis tías

llorar y decir adiós detrás del cristal del andén


mi abuelo llorando

fue el primer gran golpe que recibió mi alma

nunca nos dijimos que nos queríamos mi abuelo y yo

simplemente lo sabíamos

somos dos tipos duros, tú me entiendes

desde los diez años lo deduje

o quizá desde los siete

que yo sería un niño desalmado


llovía en Panamá

llovió los dos meses que estuve allí

el mar estaba siempre bravo

los cubanos jugaban béisbol en el patio

los viejos al dominó

la piscina vacía del edificio

llenándose de hojas y agua de lluvia

los vendedores de chicha gritando

el olor a salitre en mi habitación

la toalla que cayó seis pisos desde nuestro balcón

el arroz que incendió la cocina

y el día en que se inundó el apartamento


todos fueron presagios del desastre:

mi madre, mi hermana y yo

de vuelta a Guatemala

dos meses después

era el día en que elegían presidente, en mil novecientos noventa

yo lo recuerdo

en casa olía a pan recién hecho

y mi abuelo estaba contento

10.5.09

Traición


No son las personas ni las cosas las que al final me traicionan. Son las ideas. Me explico: si voy al supermercado digamos que, por dos libras de papa, cuatro cebollas, leche descremada, una docena de huevos y una caja de cereal, lo que acontece entre el pasillo de las verduras y el de los lácteos es asombroso. La estantería de los frijoles es abatida por el golpe de una garra. Tres o cuatro dedos verdosos con uñas negras, afiladas y enormes, anfíbicas, que hacen rodar a las latas cilíndricas pordoquier. El anfibio se acerca a mí y a mi carretilla cargada de frutos frescos. Me observa detenidamente y habiéndome examinado me hace sentir su aliento que no es de aire, sino de fuego. Yo para ese entonces, ya empuño la espada y confío en mi armadura. Todo esto, sin dejar a un lado mis gafas graduadas y mi cara inconfundible de geek.
Minutos después estoy en la caja registradora pagando una lata de atún, dos bolsas de hielo y una botella de Jack con mi tarjeta de crédito favorita. Mientras que el dragón, yace muerto en la sección de ropa interior femenina, cerca de los sostenes de encaje y al lado de las tangas. Queda una intensa batalla. Era un anfibio decente. Mucho más que el del domingo anterior.


5.5.09

Oficios

A las siete cincuenta y tres a.m. camino sobre la calle que conecta mi parqueo con la oficina. El sol me explota en la cara. Es la luz del optimismo, así que me pongo las gafas oscuras. Al terminar la primera cuadra, el restaurante italiano con su olor a salsa, queso y omeletes, me recuerda siempre que tengo hambre y poco tiempo. Diez metros después y seis minutos antes de que den las ocho en punto, debería encender un cigarro, pero no lo hago. En cambio, veo cómo los tipos que duermen en la calle se levantan con los ojos vidriosos. Uno de ellos cuida de un diminuto gato como si fuera un hijo, otro trae café para todos y alguno más empieza a empujar los carritos de las ventas callejeras para ganarse un par de quetzales. Y mientras empuja, otro vago, vestido un tanto más limpio y con señales de haberse pasado agua sobre el pelo largo y grasoso, le grita "hay va el burro ve" mientras imita las orejas del animal con ambas manos puestas sobre su cabeza y se agacha caminando. El que anda con la carga, sólo atina a devolverle una mirada triste, igual y no tiene otra. Sigue empujando. Los otros toman café y aquél sigue cuidando al gato. El comediante camina frente a mí. Llego tarde a la oficina y tampoco enciendo el cigarro. Prendo el ordenador y claro, hago lo que tengo que hacer todos los días: imaginar que trabajo en un sitio de puta madre.